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La vuelta al mundo en 12 días

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Ni la admirable creatividad de Julio Verne lo pudo imaginar. Las peripecias del británico Phileas Fogg y de su ayudante Jean Passepartout transcurren a lo largo del globo en aquellos mágicos 80 días que quedaron inmortalizados en la novela parafraseada en el título.

Oriente Medio, América del Norte, Europa Central y ahora Oceanía recorrió Messi y los 25 futbolistas que lo rodean, bajo la conducción de Lionel Scaloni. Un viaje fascinante, con momentos de decepción, alegría, tensión, sufrimiento, incertidumbre y mucho juego. Así fueron las 3 fechas de la fase de grupo y la de octavos de final.

Argentina juega a la pelota, como lo que jugábamos de niños en un campito de barrio. De esos que ya no se encuentran tanto, pero que aún están y son parte del gen argentino, una marca registrada en este deporte. En los campitos del barrio Nebel, unos de los tantos de Concordia, jugó infinitas veces Gustavo Bou.

El futbolista, este sábado cuando visitó el programa radial de “3200, el código del deporte”, contó que “iba con mis amigos y nos poníamos a jugar en algún campito. Siempre estábamos haciendo eso. Hoy casi no los encuentro porque se fue construyendo”, recordó “La Pantera”, jugador del New England Revolution y presidente del Club Defensores de Nebel.

Ese es el deporte que juegan los argentinos, el de los pases cortos o los largos para sortear líneas (algún pozo o desnivel en el suelo de ese terreno que se hacía cancha en el barrio), tirando gambetas, yendo a marcar como si fuese la última vez o corriendo para recuperar la pelota, aunque estuviese en desventaja numérica, como lo hizo De Paul para impulsar el error del rival y abrir la puerta al gol de Álvarez.

En 12 días, la Selección nacional recorrió lugares disímiles del mapamundi, filosofías diferentes de entender el mismo deporte, incluso de vivirlo desde las tribunas. Y fue aprendiendo de los aciertos, muchos, y de los errores, pocos, pero necesarios para saber que se puede mejor aún más.

El primero en aprender, reinventarse y volver a intentarlo en este maravillo viaje a los cuartos de final fue el as de espadas, la carta más valiosa: Lionel Andrés Messi. En su partido MIL (un disparate digno de su singular genialidad), arrancó errático. No le salían las gambetas rápidas o sus pases eran interceptados a tiempo por los australianos. Nada de qué preocuparse, habrá pensado.

Reseteó la máquina, esa que muchas veces parece serlo, y volvió a caminar por lugares conocidos. Así, como en la vida, asumió que cuando la cosa viene torcida hay que volver a los lugares de antes, donde fuimos dejando una huella.

Y fue mágico: encaró de derecha a izquierda, post tiro de esquina que él mismo había ejecutado, y cuando vio el hueco, tras un pase/rebote, apuntó su tiro a donde otros hubieran visto sobre un muro de camisetas amarillas. Y acertó entre las piernas de un defensor para que la pelota vaya más lejos que el arquero y acaricie la red.

El resto fue conocido (gratitud especial por este sábado salvador de Lisandro y Dibu, los Martínez que cerraron las puertas a la reacción del oponente). Lo desconocido es lo que viene porque, por primera vez en el Mundial, habrá tiempo, eso que vale más que cualquier dinero invertido en un estadio de Qatar. Si en 12 días Argentina jugó 4 partidos (3 casi de eliminación directa, post derrota inicial), ahora tener la mitad de ese tiempo para preparar un duelo de cuartos es un montón. De aprovecharlo se ocupará el calificado cuerpo técnico.

Otra vez toca disfrutar del resto de los partidos, mirarlos con ilusión, disfrutando de ese maravilloso viaje, lleno de sorpresas, incertidumbres y con momentos asombrosos como el relato de Julio Verne.

Nací, crecí, vivo y amo en Concordia. Con Luciana tenemos 3 hijos, tan apasionados del deporte como su padre. A veces, me disculpo por eso. Es demasiado. Hay clubes y escuelas que me marcaron, soy una parte de cada uno de ellos pero especialmente de Jorge y Susana, mis padres. Alejandro es mi hermano menor. Suelen confundirnos en la calle. Estamos acostumbrados y saludamos por igual. Casi no tengo recuerdos de años en los que no estuve en una institución educativa. Desde los 3 fui a jugar, estudiar y finalmente a trabajar en alguna de ellas. Escribir es la mejor e imperfecta forma que tengo para expresarme. Unir esto último con las escuelas es el desafío de esta columna.

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