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Trail Running

La montaña como espejo

Pancho y Andrea, dos historias en los 60K del Champaquí, donde correr fue apenas una forma de avanzar en un terreno que exige tanto cabeza como piernas.

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El 60K Ultra del Cerro Champaquí no se puede explicar solo como una carrera de montaña porque en realidad funciona como una experiencia prolongada donde el cuerpo deja de ser una herramienta confiable y pasa a ser un territorio en disputa entre lo que se quiere hacer y lo que efectivamente se puede sostener.

En ese contexto, la montaña no acompaña, sino que impone condiciones, y cada corredor queda expuesto a una mezcla de desgaste físico, decisiones constantes y una conversación interna que no se detiene durante horas. Entre senderos técnicos, ascensos interminables y un clima cambiante que borra referencias, emergen dos historias que terminan ordenando todo lo vivido y que 3200, el código del deporte las vuelve visibles: la de Ariel “Pancho” Romero y Andrea Zubizarreta. 

El Champaquí como escenario que decide

El recorrido del 60K Ultra en San Javier, Córdoba, está planteado bajo una lógica de semi autosuficiencia y autoevacuación, lo que implica que cada corredor debe resolver su propio avance en condiciones donde la asistencia es limitada y las decisiones individuales tienen consecuencias directas.

Son más de 58 kilómetros reales con un desnivel positivo que supera los 3.400 metros, atravesando sectores que combinan asfalto inicial, senderos de montaña, ascensos prolongados como la Cuesta de las Torres, cruces de ríos, zonas expuestas al viento y tramos de alta exigencia técnica donde cada paso requiere concentración total. En ese contexto, el tiempo deja de ser solo un registro deportivo y se convierte en una presión constante, ya que los cortes horarios obligan a sostener un ritmo que no siempre coincide con lo que el cuerpo permite, y la montaña, lejos de ser un escenario neutro, actúa como un filtro que separa la intención de posibilidad. Con estas condiciones los concordienses escribieron su propia historia.

Pancho: una idea que se vuelve experiencia

La historia de Pancho Romero en esta carrera no comenzó el día de la largada sino mucho antes, en una idea que venía dando vueltas como una conversación pendiente que nunca encontraba el momento adecuado para concretarse. Él mismo lo expresa como algo que estaba latente, como una necesidad que se fue formando con el tiempo dentro de una trayectoria deportiva que ya incluía ciclismo, triatlón y carreras de calle, pero que todavía no había tocado la montaña en su máxima expresión. Esa búsqueda personal se tradujo en una preparación sostenida entre el Parque San Carlos, el gimnasio y un plan estructurado que intentaba anticipar lo que luego la montaña inevitablemente iba a desbordar.

“Era algo que tenía pendiente desde hace tiempo, una idea que siempre estaba ahí, como dando vueltas. Había hecho muchas cosas en el deporte, pero esto era distinto, era como una conversación conmigo mismo que todavía no había terminado de empezar”, dejó entrever en su relato, marcando que la decisión no fue un impulso sino una acumulación de intención que finalmente encontró su momento.

Durante la carrera, el punto más crítico llegó en el tramo previo a la cumbre del Champaquí, cuando la percepción del recorrido se quebró y lo que parecía cercano se reveló todavía lejano. En ese momento, el esfuerzo dejó de ser lineal y pasó a ser mental, porque el cuerpo ya no respondía a expectativas sino a realidades inmediatas.

Mapa de Pancho.

“Yo estaba convencido de que estaba casi en la cima, pero cuando miro el perfil y el reloj me doy cuenta de que todavía quedaban varios kilómetros de subida. Ahí fue como si algo se me desarmara por dentro porque uno se arma una idea de llegada, y la montaña te la cambia sin avisar”, expresó, describiendo un instante donde la motivación se convierte en incertidumbre.

En ese tramo compartido con Andrea, la decisión de detenerse unos minutos en el puesto de control no fue una estrategia sino una necesidad física y mental. La pausa no significó descanso real sino un intento de reordenar el esfuerzo en un entorno donde nada se detiene, ni siquiera cuando uno se sienta.

“Le dije que cuando llegara arriba me iba a sentar porque ya no era una cuestión de plan ni de cabeza, era el cuerpo pidiendo un corte, un segundo de silencio en medio de todo eso”, recordó, y en esa frase aparece la dimensión más humana de la carrera, donde incluso avanzar requiere aceptar pausas.

El momento en la cima no ofreció recompensa visual ni alivio emocional porque la neblina había borrado el paisaje y el viento había reducido todo a sensación pura. Lo que quedó fue una especie de vacío donde la montaña no se muestra, sino que se impone.

“Me senté y no veía nada, solo viento, frío y una nube cerrada que tapaba todo. Y en ese momento entendí que no había nada que mirar, solo había que seguir, porque la montaña no te espera ni te explica”, reconstruyó, cerrando una imagen donde la experiencia reemplaza cualquier expectativa previa.

Andrea: la precisión como forma de atravesar el límite

Por otro lado, la historia de Andrea Zubizarreta se construye desde otro lugar, no desde la deuda sino desde la corrección consciente de una experiencia anterior que había dejado una marca emocional importante. Su decisión de enfrentar el 60K del Champaquí surge de una necesidad interna de volver a ponerse a prueba, pero esta vez con un nivel de preparación más profundo, donde el entrenamiento, la nutrición y la estrategia se integran como partes de un mismo sistema.

“Venía de una carrera en Brasil donde sentí que no había estado a la altura de mi propia preparación, no por la carrera en sí, sino por cómo llegué yo. Y eso me obligó a replantear todo, a volver a armarme desde otro lugar, más consciente”, explicó, ubicando el eje de su motivación en el aprendizaje más que en el resultado.

Su relación con la montaña está atravesada por la caminata como herramienta central, no como recurso secundario. En su enfoque, caminar no es una forma de resignación sino una forma de avance inteligente en terrenos donde correr no siempre es viable.

“Para mí la caminata es clave, es lo que te sostiene cuando el cuerpo deja de responder como uno espera. Hay gente que la subestima, pero en montaña es lo que te permite seguir sin romperte”, afirmó, mostrando una comprensión técnica que se traduce en estrategia de carrera.

El momento más exigente de su recorrido se dio en la subida al Champaquí, donde la combinación de inclinación, altitud y condiciones climáticas redujo la experiencia a un esfuerzo sostenido sin referencias visuales claras. La cima no ofreció la imagen esperada sino una condición extrema de clima y exposición.

Mapa de Andrea.

“Llegar arriba y no ver nada fue muy fuerte porque uno imagina la cima como un premio, pero en este caso era solo frío, viento y una nube cerrada. Ahí entendí que no hay premio, hay proceso”, expresó, resignificando el concepto de llegada.

El descenso posterior fue incluso más desafiante porque exigió atención constante en un terreno técnico donde cualquier distracción podía convertirse en caída. En ese tramo, la concentración dejó de ser opcional y pasó a ser condición de supervivencia deportiva.

“Fue la bajada más difícil que hice porque era muy larga, muy técnica y muy expuesta. En un momento me caí hacia adelante y ahí entendí que no podía desconectarme ni un segundo, porque el terreno no perdona”, relató, cerrando una experiencia donde el control mental se vuelve tan importante como el físico. Andrea Zubizarreta, además, coronó su desempeño con una medalla al quedarse con el primer puesto en su categoría, validando su estrategia, su preparación y su lectura inteligente de la montaña.

El grupo como impulso colectivo

Más allá de las historias individuales, el Palomo Running Team funcionó como un sistema de contención colectivo donde más de 55 corredores compartieron no solo entrenamiento sino también convivencia, viaje, espera y emociones cruzadas durante todo el fin de semana. La experiencia no se dividió únicamente por nombres propios, sino por distancias que también contaban historias distintas dentro de la misma montaña: hubo quienes afrontaron los 60K, otros los 42K, los 30K, los 24K y los 16K, todos atravesando el mismo escenario pero desde niveles de exigencia y descubrimiento diferentes, lo que terminó construyendo una experiencia común desde vivencias desiguales pero profundamente conectadas.

El entrenador Martín Segovia lo definió como un proceso donde lo deportivo se sostiene en lo humano, y donde la energía del grupo termina siendo un factor determinante en el rendimiento individual. En ese sentido, destacó que la integración no se dio solo en los entrenamientos previos, sino en cada momento compartido del viaje, en la espera de las llegadas, en los silencios del cansancio y en la emoción de ver cruzar la meta a compañeros de distintas distancias.

“Se generó una integración muy fuerte entre todos, no solo en lo físico sino en lo emocional. Compartieron mucho más que una carrera, compartieron una experiencia completa que empieza mucho antes de la largada”, explicó, resaltando que el vínculo entre corredores fue parte esencial del resultado colectivo, donde cada distancia aportó una forma distinta de aprendizaje dentro del mismo desafío.

En ese mismo marco, el entrenador hizo una mención especial a las actuaciones de Pancho y Andrea dentro de los 60K, destacando no solo su rendimiento en una de las distancias más exigentes del evento, sino también su capacidad de sostener la carrera desde la experiencia previa, la estrategia y la fortaleza mental. Subrayó que ambos lograron interpretar la dureza del Champaquí desde lugares distintos pero complementarios, uno desde la adaptación progresiva a la técnica de montaña y la otra desde una construcción más precisa y planificada del esfuerzo, lo que reflejó el nivel de madurez deportiva dentro del equipo.

También, remarcó que la exigencia del Champaquí funciona como un filtro natural que pone a prueba no solo el entrenamiento sino la capacidad de sostenerse mentalmente en condiciones extremas. “Es una de las carreras más técnicas y duras de la zona, y quienes la completan se llevan una experiencia que cambia la forma de entender cualquier otra competencia”, sostuvo, cerrando una mirada que trasciende lo estrictamente deportivo y refuerza la idea de que el valor del equipo no está solo en los resultados, sino en la forma en que cada uno logra atravesar su propia distancia dentro de una misma montaña.

La montaña y lo que permanece

El Champaquí no se reduce a un evento deportivo ni a una clasificación porque lo que ocurre allí no termina en la llegada, sino que continúa en la memoria de cada corredor mucho después de haber bajado de la montaña. Para Pancho fue la confirmación de una decisión largamente postergada que finalmente encontró su forma en la exigencia real del terreno, mientras que para Andrea significó la validación de un proceso construido desde la precisión, la disciplina y la autocrítica.

Ambos atravesaron la misma montaña, pero no vivieron la misma experiencia, y sin embargo llegaron al mismo punto: la comprensión de que en la montaña no se trata de ganar ni de perder, sino de continuar incluso cuando la lógica indica detenerse.

Y en ese mismo movimiento colectivo, el Palomo Running Team volvió a aparecer como algo más grande que la suma de sus partes: más de 55 corredores, distintas distancias, distintos ritmos, pero una misma manera de estar en la montaña, sosteniéndose en lo compartido y encontrando en el grupo un impulso que no se ve, pero que siempre empuja un poco más allá.