Seguinos en nuestras redes

Trail Running

El Cruce: correr con el cuerpo, vivir con el alma

La carrera de trail running más emblemática del país volvió a reunir a corredores de todo el mundo. Daniela Coppini y Fito Maffeis, de Concordia, contaron cómo se vive desde adentro.

Publicado

el

En el corazón de la Patagonia argentina, entre montañas, lagos y senderos que parecen no tener fin, se corre cada año “El Cruce”, una de las carreras de trail running más emblemáticas de Sudamérica. Esta no es sólo una competencia deportiva: es una travesía que pone a prueba el cuerpo y la mente, y que invita a los corredores a atravesar algunos de los paisajes más imponentes del país.

Tres etapas, cien kilómetros y vida en campamento

Desde 2002, miles de atletas de todo el mundo (profesionales y amateurs) viajan hasta el sur argentino para participar de la carrera por etapas más grande del mundo, una competencia en la que deben recorrer cien kilómetros distribuidos en tres tramos, uno por cada día, siempre finalizando en un punto distinto.

Más allá de la belleza y magnitud de sus paisajes y de la exigencia que se requiere para atravesar cada montaña, sendero o arroyo, lo que caracteriza a esta carrera y que la posiciona por encima de muchas otras es el alto nivel de logística, siendo su sello distintivo los campamentos, que son montados por la propia organización mientras los atletas se trasladan hasta el próximo destino, a pie.

Además, al cruzar la meta, los corredores se topan con carpas gigantes que funcionan como comedor, donde los esperan con todo tipo de alimentos, como asado, pollo, guiso, pastas, verduras, frutas y bebidas.

Otra particularidad es en relación a la higiene; se instalan baños químicos pero los atletas no disponen de duchas de agua caliente, por lo que deben bañarse en lagos o arroyos cercanos usando jabones biodegradables o toallitas húmedas.

De Entre Ríos a La Patagonia

“El Cruce Saucony 2025” que se realizó del 1 al 6 de diciembre, tuvo un récord de participación con más de seis mil corredores provenientes de cincuenta países, superando las ediciones anteriores y consolidándose como un evento masivo de trail running en la Patagonia argentina. Entre ellos, se encontraban personas debutando en el desafío como las concordienses Daniela Coppini y Manuela Paredes, y otras con más experiencia, como Fito Maffeis, también oriundo de la localidad entrerriana.

En diálogo con los participantes, ellos contaron sus experiencias y sensaciones personales a “3200, el código del deporte” y compartieron el significado de haber participado de una competencia de esta magnitud.

Soñar en grande

“La idea de correr la carrera fue como un delirio que siempre tuvimos pendiente. Parecía algo imposible y siempre lo charlábamos tipo sueño. Además, hacerlo juntas era ‘el planazo’; compartir toda la experiencia del viaje, la carrera y el campamento, era el combo perfecto”, comenzó contando Daniela, que se inscribió junto a Manuela casi un año antes, en enero, logrando ingresar en el primer grupo.

Si bien ambas son atletas en actividad constante, tenían en claro que este desafío sería diferente a lo que acostumbran, por lo que debieron realizar grandes cambios en la preparación para cumplir el objetivo: “nosotras somos corredoras de calle, así que a partir de mayo tuvimos que hacer un cambio rotundo en la forma de entrenar específico, que es lo que corremos, y también la forma de entrenar en el gimnasio que nos llevó a hacer mucha más fuerza”, afirmó y siguió: “nunca habíamos hecho una carrera de montaña, así que nos tuvimos que inscribir a una en agosto, en Córdoba, y esa fue nuestra primera prueba. Ahí corrimos treinta y siete kilómetros y nos encantó”.

– ⁠¿Qué fue lo más desafiante y lo más satisfactorio de esta experiencia?

– Como sacrificado te diría que fue el entrenamiento, encontrar horarios en los que podamos coincidir, los lugares, ya que nada se parece a lo que vas a hacer allá, ni siquiera la técnica se puede entrenar de manera correcta, porque una vez ahí todo es disfrute. Yendo a la experiencia exclusivamente, te diría que la altura, el desnivel y el frío, porque veníamos de entrenar con muchísimo calor las últimas semanas, y de repente correr con lluvia, vientos fuertísimos, habiendo subido un montón de kilómetros, era como un shock de esfuerzo, nos costaba todo, el frío, la altura, el cansancio, era todo en cantidad.

– ¿Qué significó para ustedes haber participado de una de las carreras más emblemáticas del continente?

– Yo me sentía en el mundial porque no podía creer que había terribles bestias deportistas de un nivel altísimo internacional ahí al lado nuestro, que lo veíamos solamente en el campamento porque en la carrera ni ahí lo alcanzábamos, pero los veías ahí almorzando, tenías la posibilidad de acercarte, charlar algunas palabras, muchos con muy buena onda, muchos periodistas, o sea, era un reality y te sentías un deportista de nivel alto también porque estás al lado de gente muy, muy grosa.

“Un disfrute de punta a punta”

Con la energía y pasión que la caracteriza, Dani hizo énfasis en la gran organización del evento, que hizo de esta una vivencia perfecta: “a mí me encantó la experiencia porque disfruté de la carrera completa, y compartirlo con una amiga es un plus gigante. El campamento, la convivencia, la organización del evento es un veinte, es un nivel altísimo, éramos un montón de corredores pero no hacíamos cola, estaba todo muy bien organizado, cronometrado, era todo en cantidades justas. Fue un disfrute de punta a punta”.

El entusiasmo que se contagia

Antes de despedirse, en cuanto a las sensaciones que experimentó y  su entusiasmo por sumar más personas a la travesía expresó: “ahora me los quiero llevar a todos, a mi equipo, a mi grupo, volví con más ganas. Quiero volver y compartir la experiencia que es hermosa, que vean esos paisajes, porque te sentís parte del paisaje; ves esas montañas gigantes, mirás a dónde tenés que llegar y te parece imposible, y de repente te encontrás ahí arriba y mirás al revés, hacia abajo, ves todo lo que hiciste y se te infla el pecho, te sentís poderosa, es una sensación tremenda, de grandeza, de poder, te lleva a lugares de satisfacción altísimos”.

“Yo creo que, sin dudas, no hubiera podido hacer esto sola, asi que quiero agradecer, a mi amiga, por el acompañamiento y por ser mi cómplice en esta locura y hacer que sea el doble de placer, a todo mi equipo, a mi familia, a mis hijos, a todos porque me sentí apoyada, acompañada y empujada todo el tiempo”, cerró.

Elegir volver

Mientras que para Daniela Coppini y Manuela Paredes esta fue su primera experiencia en El Cruce, también hubo corredores concordienses que volvieron a la Patagonia con el conocimiento que da ya haber transitado el desafío, como Juan Jorge “Fito” Maffeis que también sumó su testimonio luego de completar la competencia por tercera vez: la primera en San Martín de Los Andes y las dos últimas en Villa La Angostura.

¿Qué te hace volver a realizar esta carrera?

Por empezar, la seguridad, la producción, el nivel. Es increíble que en Argentina se pueda realizar una carrera así. Desde meses antes cuando uno se inscribe, todo lo que nos van pidiendo y obligando a tener, desde el acta médico y otras cositas más, la producción desde cuando retiras el kit, a cuando dejas el bolso y llegás a tu campamento, es algo increíble. También la carpa, la comida y bebida libre y de nivel, la higiene, el cuidado del ambiente, hasta le lavan las zapatillas en el campamento a los primeros quinientos que llegan.

“Somos como mil trescientos los que largamos cada día, en cada etapa, y tener todo eso organizado… ¡apa!, hay que hacerlo, ¿eh?. Hay que darles de comer, hay que tener la carpa, enfermero, kinesiólogo, paramédico, helicóptero a disposición por si pasa algo. Además en el camino, si bien está marcada la montaña, hay gente cada tres o cuatro kilómetros diciendo para dónde tenés que ir, porque no te podés perder en la montaña porque es peligroso. Es muy peligrosa, pero hermosa”, agregó.

El camino previo al desafío

En cuanto a la preparación, Maffeis explicó que afrontar El Cruce requiere constancia, planificación y un proceso largo de adaptación: “para mí lleva año y medio o dos años. Tenés que empezar con carreras de quince, veintiuno y cuarenta y dos kilómetros en calle y después sí, veintiuno cross country y cuarenta y dos cross country, que podés arrancar en Concordia y después tenes que ir a Córdoba”, comentó y siguió: “tenés que ir aclimatandote, usar bastones, saber cómo trepar, cómo bajar. Es muy importante la disciplina y la constancia, fundamental. Y el entrenamiento, para alguien que quiera hacer el cruce bien, disfrutando y a los que nos gusta competir, compitiendo, debe entrenar de lunes a sábado”.

Sobre la dificultad del recorrido, explicó: “allá corres en el barro, en lugares que parecen selva, que tenés que saltar troncos inmensos, en arroyos con agua congelada, pero es todo hermoso. Tenés que tener mucho cuidado cuando bajás, mucho cuidado allá arriba con las piedras que son impresionantes. Es un entrenamiento psicofísico emocionante y espectacular. Si vas a correr, corres para competir y disfrutar. Lo desafiante es que cada carrera es diferente y es todo un reto que tenés que planificarlo”.

Igualdad, compañerismo y aprendizaje en la montaña

Más allá del desafío deportivo, Maffeis destacó que uno de los aspectos que más valora de El Cruce es la convivencia que se genera entre corredores de distintas partes del mundo: “conviví con franceses, brasileros, colombianos, argentinos. La convivencia, el almuerzo, la cena, la merienda con gente de otros países es algo increíble. Somos todos iguales. Se dejan afuera para que se sequen las zapatillas, los chalecos, los bastones y lo más lindo de todo es que nadie toca lo que no es de uno. Dejaban los celulares cargando con energía solar, los relojes también y nadie toca nada, eso habla de la igualdad, del espíritu y el amor al deporte, algo que tiene que ser común, ¿no?”

“Con respecto a las etapas, el primer cruce lo hice casi sin bastones. Fue durísimo hasta que me di cuenta que podía conseguirlo ahí cortando unas cañas Colihue, porque no sabía, no tenía casi experiencia, no había visto nada, casi me largué nomás. Había entrenado sí, aunque no como estoy entrenado últimamente, pero se aprende”.

El llamado a animarse

“A aquellas personas que no se animan, decirles primero que sueñen y después que traten de que ese sueño se haga realidad. El miedo siempre va a estar, pero se va con acción. Si vos estás bien entrenado, el miedo queda en chiquitito. Entrenamiento psicofísico, las dos cosas a la vez. Son durísimos todos los días, pero es emocionante. Y tenés que entrenar porque no podés hacer muchas horas, porque después se te viene el almuerzo al toque, la merienda, la cena, y si vas ocupando mucho tiempo en la carrera, se te van disminuyendo los tiempos de descanso y después lo sentís”, dijo alentando a otros deportistas.

Riqueza y orgullo argentino

Además, el concordiense comparó El Cruce con una de las carreras más reconocidas del mundo y destacó el nivel del evento argentino: “muchos argentinos hablan de Mont-Blanc UTMB, pero no tenemos nada, nada que envidiarle a esa carrera. Lo dicen los franceses, los canadienses, los colombianos que han ido allá, no le podemos envidiar nada, porque a Mont-Blanc vas y corres. Tenés oasis, pero acá tenés oasis y te esperan con la carpa, con el almuerzo y todo calidad. Podés comer cuando quieras, tenés baños químicos de diez y todo lo que tiene que ver con la montaña. Es única en el mundo esta carrera, y la hacemos los argentinos. Bienvenida esta carrera en la Argentina.

“Aplaudo a los organizadores que son los del Club de Corredores porque lo único que quiero decirles a ellos es ‘gracias’, gracias por todo, por el antes, durante y después de la carrera. Corran, es hermoso, es algo mágico estar corriendo en la nieve, en la montaña, todo es hermoso”, finalizó Fito.