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Miércoles curioso

Jugó en la Generación Dorada y volvió a su club para cerrar el círculo

La historia de Leandro Palladino, el escolta entrerriano que dejó su marca entre títulos y la selección.

Delfina Cabral

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Por momentos, su historia parece la de tantos pibes del interior que sueñan con llegar. Pero la de Leandro Fabián Palladino tiene algo más: la potencia de un apodo que lo acompañó siempre y una carrera que lo metió de lleno en una de las épocas más brillantes del básquet argentino.

Nació el 13 de enero de 1976 en Concepción del Uruguay, Entre Ríos. 1,94 metros y se destacó como escolta. Arrancó en Rocamora a los cuatro años, cuando todavía no sabía que esa cancha iba a ser también el lugar de su despedida. A los 17 hizo su salto a Atenas de Córdoba. Era 1994 y empezaba a escribirse una historia grande.

Experiencia de vida

En Atenas estuvo seis temporadas y se transformó en una pieza clave. Ganó dos Ligas Nacionales (1997-98 y 1998-99), levantó la Liga Sudamericana en 1997 y 1998, y se dio el gusto de ser campeón panamericano de clubes. En esos años también se consolidó como uno de los mejores sextos hombres del torneo, distinción que ganó tres veces consecutivas, y dejó su sello con potencia, ya que en 1996 se quedó con el torneo de volcadas.

Después llegó Europa: Italia, España, Bulgaria. Reggio Calabria, Nápoles, Novara, Tau Cerámica, Tenerife, CSKA Sofía. Un recorrido amplio y de adaptación constante. Luego, en el regreso al país, sumó más capítulos: Ben Hur, Central Entrerriano y Boca Juniors (con este último fue campeón de la Liga Nacional en 2007).

Pero Palladino no fue solo un nombre fuerte en los clubes, también fue parte de algo mucho más grande: la Generación Dorada. Debutó en la Selección Argentina en 1997 y jugó 75 partidos. Fue campeón sudamericano en 2001, ganó el FIBA Américas ese mismo año y fue subcampeón del mundo en Indianápolis 2002, en un equipo que aún muchos consideran uno de los que mejor jugó en la historia del país.

“Ese torneo lo jugamos de menor a mayor, con una calidad de básquet que se recuerda hasta hoy”, diría tiempo después. Y no es una frase más, es la síntesis de una camada que cambió todo.

Fin de un ciclo

En 2009 cerró el círculo. Volvió a Rocamora, el club de su infancia, y se retiró. Fue una despedida cargada de emoción, con su gente, en su lugar. “Más que un triunfo puntual, el mayor triunfo fue haber podido vivir del deporte”, resumió alguna vez.

Fuera de la cancha, Palladino muestra otra faceta. Fanático de Boca por herencia familiar, amante del asado, de las películas y las series, curioso de la música (sobre todo de Los Fabulosos Cadillacs) y con una espina creativa que le hubiera gustado ser músico. Hoy, entre tutoriales y guitarra en mano, sigue en sí esa creatividad.

Cuando mira hacia atrás, no elige un título ni un partido puntual como el más importante, prefiere otra imagen: la de aquel regreso a Rocamora, la primera pelota, el tiro convertido y la mirada al cielo. Ahí, en ese instante, está todo.

Porque el “Torito” no solo jugó al básquet, lo vivió, y lo hizo en una época en la que Argentina aprendió, definitivamente, que también podía ser potencia.