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Miércoles curioso

René Houseman, el wing que jugaba como se baila un tango

Jugó con talento, rebeldía y emoción. Del Bajo Belgrano a la selección campeona del mundo.

Delfina Cabral

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En Argentina, el tango y el fútbol son mucho más que expresiones culturales, son formas de sentir. Nacidos en los barrios, entre la nostalgia y la multitud, ambos comparten el ritmo, la improvisación y la intensidad con la que los argentinos viven la emoción. En una pista de baile y en una cancha aparece la misma esencia: creatividad, pasión y una manera única de habitar el cuerpo y el tiempo.

Si el tango convirtió el movimiento en arte, el fútbol argentino hizo lo mismo con la gambeta. Y pocos representaron esa conexión tan claramente como René Houseman.

Houseman jugaba como quien baila un tango: con pausa, desequilibrio y elegancia. Amagaba y cambiaba de dirección como un bailarín que engaña con el cuerpo antes de marcar el paso. Su fútbol tenía algo del compás arrabalero del tango: rebeldía, sensibilidad y belleza en el movimiento. Mirarlo era ver al bailarín y al futbolista unidos en una misma expresión argentina.

Cómo empezó la magia

“El Loco” se había criado en el Bajo Belgrano porteño, entre potreros y partidos interminables donde deslumbró por una habilidad indescifrable y una notable facilidad para llegar al gol.

Pese a ser hincha de Excursionistas, en donde se inició en el fútbol juvenil, se incorporó a su clásico rival, Defensores Belgrano, en 1971. Ahí se constituyó en factor fundamental para salir campeón con el «Dragón» y lograr el ascenso de la C a la B en 1972.

Su talento no tardó en llamar la atención del director técnico César Luis Menotti, quien lo sumó a la pretemporada de Huracán en Mar del Plata, durante el verano del 73. Allí Houseman brilló en una delantera que adquirió un carácter legendario con Miguel Ángel Brindisi, Roque Avallay, Carlos Babington y Omar Larrosa.

El 4 de marzo de 1973 debutó en Primera División con la camiseta del “Globo” y bajo las órdenes del “Flaco”, quien alguna vez lo definió como “una especie de mezcla entre Maradona y Garrincha”.

Desde entonces, y durante casi una década, Houseman tocó las altas cumbres. Fue campeón con Huracán del Torneo Metropolitano 1973, se destacó con la Selección Argentina en el Mundial de Alemania 1974 y participó en el equipo que ganó el Mundial de 1978.

Sin embargo, su poco apego a la disciplina de los entrenamientos y problemas personales acortaron su carrera. Pese a esto dejó una huella indeleble, donde vistió las camisetas de River, Independiente, Colo Colo de Chile, AmaZulu de Sudáfrica y Excursionistas.

Un talento que eligió la libertad

Los que lo conocen dicen que no soportaba el encierro de las concentraciones. Prefería la libertad de su barrio, donde jugaba partidos en el potrero con sus amigos, aunque fuera figura profesional.

Su vida estuvo marcada por los excesos, las noches largas y una relación conflictiva con el alcohol, problema que lo acompañó desde muy joven y que también había destruido a su padre. Esa lucha silenciosa condicionó su carrera y lo alejó antes de tiempo de su mejor versión. A pesar de sus escapadas regresaba para jugar y deslumbraba en la cancha.

César Luis Menotti sabía de sus fugas. En una entrevista cuenta que, en la previa de un partido con Huracán, se encontraba de paseo por Palermo y se le acercó un niño a avisarle que Houseman estaba en la villa del Bajo Belgrano y jugaba un partido por un campeonato barrial. Cuando fue a buscarlo, Houseman, sentado en el banco de suplentes del potrero, le respondió con naturalidad: “¿Qué quiere que haga? Mire cómo la mueve el wing nuestro”. Esa escena lo definía por completo, el fútbol para él era juego, libertad y barrio.

Otra anécdota inolvidable ocurrió en 1977, cuando le convirtió un gol memorable a Ubaldo Fillol en estado de ebriedad, en el Monumental. Años más tarde, René Houseman lo relató con honestidad: “Me fui a la madrugada de la concentración al cumpleaños de mi hijo y volví borracho a las 11 de la mañana. ¿Y qué querés? Había baile y a mí me encantaba. Cuando aparecí los dirigentes no querían que jugara, pero yo les dije: ‘Esperen que me duermo una siesta y después vemos’. Me dormí dos horas, salí a la cancha, metí el gol, pedí el cambio y me fui a dormir. No daba más. Perdimos 2-1″.

Quienes compartieron cancha con él aseguran que su talento estaba a la altura de los más grandes. Osvaldo Ardiles, jugador del Globo entre 1974 y 1978, llegó a decir que Houseman estaba al mismo nivel que Maradona, pero nunca quiso más, y esa mentalidad formaba parte de su personalidad.

Su dimensión no termina en sus títulos, goles o estadísticas porque hay jugadores que trascienden los números y quedan guardados en la memoria por lo que provocaban dentro de una cancha, y René Houseman pertenece a esa categoría extraordinaria.

No todo se mide en estadísticas, sino en lo que hacen sentir, y él demostró libertad, asombro y alegría como muy pocos en la historia del fútbol argentino.

FILE – In this file photo dated July 3, 1974, Argentina’s Rene Houseman, right, attempts a shot at goal during the Football World Cup second round match between Argentina and East Germany in Gelsenkirchen, Germany. The striker who helped Argentina to win the 1978 World Cup, Rene Houseman has died aged 64, according to an announcement from the Argentine Football Association Thursday March 22, 2018, after fighting tongue cancer since last year.(AP Photo/FILE)