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3200 Mundial

Cuando Maradona volvió a ser Maradona

El clásico sudamericano que se había jugado tantas veces, tuvo por fin su episodio mundialista. Allí apareció la magia del 10.

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“Dicen que escapó este mozo
Del sueño de los sin jeta
Que a los poderosos reta
Y ataca a los más villanos
Sin más armas en la mano
Que un diez en la camiseta…”

(Maradó – Los Piojos 1996) 

En el Mundial de Italia 1990, Diego Maradona vivió un calvario debido a la lesión que le produjo en su tobillo izquierdo una feroz patada recibida de Rotariu de Rumania. Cuando salió del estadio en chancletas y quedó a la vista esa hinchazón, se creyó que estaba fuera del torneo.

Pero la lesión no fue capaz de frenar al mejor de todos: se infiltró y pudo jugar el partido siguiente ante Brasil. Diezmado físicamente, permaneció junto a sus compañeros y no permitió que ese tobillo inflamado lo sacara del Mundial. La realidad es que nadie creía que Maradona podría jugar ese partido en el Estadio Delle Alpi de Turín. 

Sin embargo, la mañana del partido, se reunieron en la enfermería el doctor Raúl Madero, Maradona y Guillermo Coppola. Diego le pedía al médico de la Selección que le aplicara la inyección y le infiltrara calmantes. “Es imposible, está tan hinchado que no se puede”, decía el médico mientras sostenía la jeringa.

Entonces, el propio astro se puso la inyección, en un momento que los otros dos se distrajeron. La infiltración estaba hecha y era cuestión de esperar… No solo eso, sino que en la calurosa tarde del 24 de junio volvió a ser el mismo futbolista determinante de siempre.

Ahí sucedió la magia, otra vez. Faltando menos de 10 minutos y con el partido empatado pese a que Brasil se había perdido varios goles, Maradona tomó la pelota en mitad de cancha e inició un rápido contraataque. Fue dejando rivales en el camino, sufriendo empujones y cruces que no pudieron frenarlo. El último roce lo estaba mandando al césped, pero un segundo antes alcanzó a tocar la pelota con la parte externa del pie para darle un pase perfecto a Claudio Caniggia, dejándolo mano a mano con Taffarel. El Pájaro lo gambeteó y marcó el gol de aquel triunfo histórico.

Esa victoria recuperó el espíritu del equipo, pero no curó el tobillo de Maradona. Su calvario siguió. No podía calzarse ni entrenar. Todos se preguntaban si podría jugar el partido siguiente, cosa que parecía improbable mirando su pierna. Sin embargo, Diego se infiltraba y decía presente. Así fue ante Yugoslavia, frente a Italia y la Selección llegó a otra final del Mundial por segunda vez consecutiva. Maradona, con el tobillo maltrecho, volvió a ser Maradona.