Miércoles curioso
El legado que nunca dejó de latir
No fue solo una final o un partido ante el mejor equipo del mundo, es una historia que se escribe hace años, con derrotas que aún duelen, con recambios discutidos y con entrenamientos lejos del lujo europeo.
Este sábado, en Amstelveen, Las Leonas derrotaron a Países Bajos por penales australianos después del 1-1 en el tiempo reglamentario y conquistaron su tercera Copa del Mundo. Del otro lado quedaron las favoritas: las número uno del ranking, tricampeonas mundiales vigentes, bicampeonas olímpicas, campeonas de Europa. Además, locales con un estadio teñido de naranja y una racha que durante una década parecía imposible de romper. Con absolutamente todo a favor, pero el equipo argentino pudo, porque hay algo que refleja la argentinidad al palo: el corazón.
Dieciséis años para volver a abrazar la gloria
La primera estrella llegó el 8 de diciembre de 2002 en Perth, Australia. La segunda, el 11 de septiembre de 2010 en Rosario, cuando el país entero se enamoró de aquel equipo que convirtió al hockey en un fenómeno popular. Después vinieron dieciséis años de espera.
Demasiado tiempo para un seleccionado acostumbrado a competir entre los mejores, pero también una etapa marcada por finales perdidas, medallas que dejaron orgullo y frustración al mismo tiempo, y una sensación de que siempre faltaba un paso.
Las Leonas estuvieron cerca en más de una ocasión. Perdieron la final olímpica de Tokio 2020 justamente frente a Países Bajos. En París 2024 volvieron a cruzarse con las neerlandesas en semifinales y terminaron quedándose con el bronce. En el Mundial de Terrassa – Amstelveen 2022 también vieron cómo las europeas levantaban la copa por tercera vez consecutiva.
Cada derrota dejó una marca, pero también una enseñanza, porque los grandes equipos no se construyen solo cuando ganan, muchas veces nacen mientras aprenden a perder.

Las que nunca dejaron de creer
Hay jugadoras que conocen mejor que nadie el valor de esta conquista. “La China” Cosentino, Paula Ortiz, Agustina Gorzelany, Julieta Jankunas, Eugenia Trinchinetti, Agostina Alonso, Sofía Toccalino, Victoria Granatto y María José Granatto sabían lo que significaba ser campeonas con la camiseta argentina. Pero también sabían lo que era quedarse a centímetros del sueño máximo.
Ellas fueron el puente entre dos generaciones, las que sostuvieron una identidad mientras alrededor todo cambiaba, ya que durante estos años el desafío no fue solamente volver a ganar, sino también, conseguir que el ADN de las Leonas sobreviviera al paso del tiempo.

Por su parte, el cuerpo técnico encabezado por Fernando Ferrara, supo reinventar el equipo. Este asumió después de los Juegos Olímpicos de Tokio, en reemplazo de Carlos Retegui, una referencia indispensable de la etapa más exitosa del seleccionado. En agosto de 2024 renovó contrato y el proyecto siguió, incluso con modificaciones en su propio staff y el cambio de jugadoras de renombre.
La decisión de esos nombres históricos que dejaron de aparecer en las convocatorias generó críticas y dudas. Sin embargo, Ferrara decidió seguir y con el tiempo muchas de aquellas apuestas rindieron. Y cuando llegó el momento decisivo, el equipo mostró una mezcla difícil de conseguir: experiencia para soportar la presión y juventud para jugar sin miedo.

Las nuevas que jugaron como si llevaran una vida entera
Sofía Cairó, con apenas 23 años, y Juana Castellaro, con 21, disputaron su primer Mundial como si hubieran jugado finales toda la vida. Con tanta clase, con tanto temple. Con ellas, rindieron a pleno en todo el torneo Mercedes Artola, Milagros Alastra, Emma Knobl, Victoria Miranda, Zoe Díaz, Brissa Bruggeser y Lara Casas. Algunas ya con experiencia y medalla olímpica, pero ninguna había formado parte de un Campeonato Mundial.
Milagros Alastra resumió mejor que nadie en ESPN lo que atravesó al grupo durante todo el torneo: “Es difícil de describir, es como algo que nos conecta a todas. Cuando todas estamos convencidas, vamos para el mismo lado, y lo teníamos clarísimo, no se nos podía escapar esta vez. Era una convicción de todas y se notó dentro de la cancha en cada partido”.
En esas palabras aparece algo que ninguna estadística puede explicar: las Leonas juegan al hockey, pero también juegan unas para las otras.

Ganar desde un lugar distinto
Hay una realidad que nunca cambia. Mientras gran parte de las potencias europeas cuentan con ligas profesionales, infraestructura de primer nivel y clubes equipados con muchas canchas de agua, el camino argentino se construye desde otro lugar.
En el país todavía existen miles de chicos y chicas que entrenan en canchas de arena, pasto o tierra. Muchas jugadoras llegan a la Selección después de crecer lejos de las condiciones ideales. La mayoría estudia, trabaja, cuenta con becas deportivas o tienen acuerdos personales con patrocinadores.
Pero el sacrificio no termina cuando llegan a la Selección. En los años de preparación para Mundiales o Juegos Olímpicos, entrenan prácticamente a tiempo completo en el Cenard. Sin embargo, el hockey argentino sigue siendo amateur.
A diferencia de lo que ocurre en Europa, donde las jugadoras cobran un salario por competir y desarrollan su carrera como profesionales, en Argentina muchas todavía pagan la cuota de sus clubes para jugar y dependen de becas del ENARD que, según ellas mismas reconocieron, muchas veces no alcanzan para cubrir los gastos básicos de una deportista de alto rendimiento.

Victoria Sauze lo contó días después de la consagración en el programa de stream Olga: «Hay muchas jugadoras del equipo que hay veces que directamente no llegan». Se refirió a los alquileres que vencen antes de cobrar la beca, de cuentas que se acumulan y de un esfuerzo cotidiano que permanece invisible detrás de cada medalla.
Incluso en el alto rendimiento conviven con situaciones que parecen impensadas para otras potencias: mudanzas constantes de lugares de entrenamiento, canchas que no siempre están en condiciones, baños de hielo improvisados y espacios adaptados sobre la marcha.
No es romantizar la precariedad, es entender el contexto desde el que compiten y por qué cada título argentino tiene un peso difícil de medir. Los seleccionados nacionales suelen llegar a las últimas instancias porque hay esfuerzo, compromiso, dedicación; porque los clubes apuestan y las familias tratan de darle todos los mecanismos necesarios para que puedan alcanzar esas metas.

Un legado que atraviesa generaciones
Cuando Sergio “Cachito” Vigil, emblemático entrenador y artífice del plantel que dio nacimiento a las Leonas en el 2000, decía que en la Argentina las jugadoras de hockey “salían desde abajo de las piedras”, hablaba de algo más profundo que la cantidad, hablaba de una forma de transmitir el deporte de club en club, de entrenadora en entrenadora, de madre a hija.
Las Leonas cambiaron para siempre el hockey argentino. Multiplicaron las canchas, llenaron las escuelitas y convirtieron un deporte de nicho en una pasión nacional. Ese legado no pertenece sólo a las que levantaron las primeras copas, también vive en quienes soñaron con ellas.

La historia siempre encuentra la manera de volver
En 2001, apenas un año después del nacimiento de las Leonas, Argentina conquistó en Amstelveen el Champions Trophy, también ante Países Bajos. Ese torneo, que reunía anualmente a los mejores ocho seleccionados del mundo.
Más de dos décadas después, el mismo escenario volvió a recibir una consagración argentina. Y como aquel día, en esta final del Mundial estuvieron en la cancha Luciana Aymar, a quien la FIH la volvió a distinguir como la mejor de la historia, Cecilia Rognoni, Mercedes Margalot, Soledad García y Claudia Burkart, e incluso el propio Sergio “Cachito” Vigil.
Las de ayer reconocían en las de hoy los mismos gestos, la misma rebeldía y la misma manera de competir. Las generaciones cambian, los nombres también, pero hay algo que permanece intacto: la forma de entender la camiseta. Y mientras esa identidad siga pasando de unas manos a otras, la historia siempre encontrará la manera de volver a empezar.











