Columnas
Messi y la virtud olvidada de los héroes
La licenciada María Alejandra Quintana traza un parentesco profundo entre el futbolista y la tradición clásica.
Existe una lectura superficial de la épica que identifica al héroe con la victoria. Los griegos, sin embargo, comprendían que el heroísmo era una categoría mucho más compleja. No bastaba con vencer; era preciso merecer la gloria. La excelencia no se medía únicamente por la magnitud de la hazaña, sino por la calidad moral de quien la realizaba.
Por eso, junto a la areté —esa excelencia que expresa la plenitud de las capacidades humanas— la tradición griega elevó otra virtud aún más exigente: la sophrosyne. Traducirla simplemente como “templanza” sería empobrecerla. Era el dominio de sí mismo, la armonía entre pasión y razón, la mesura que impedía que el talento degenerara en soberbia o que el fracaso desembocara en desesperación. Era, en definitiva, la victoria más difícil: la conquista del propio carácter.

En la tragedia griega, el héroe sucumbe cuando es vencido por la hybris, el exceso. Aquiles es inmenso, pero también es esclavo de su cólera. Su grandeza está atravesada por una pasión que amenaza constantemente con destruirlo. Odiseo, en cambio, representa otra forma de heroísmo: el de la inteligencia, la paciencia y la perseverancia. Su mayor triunfo no consiste en conquistar Troya, sino en atravesar el infortunio sin perder el rumbo de su alma.
Quizás sea allí donde la figura de Lionel Messi encuentre su parentesco más profundo con la tradición clásica.
Durante casi dos décadas habitó el lugar más expuesto del deporte contemporáneo. Conoció la derrota reiterada, la decepción, el cuestionamiento y la injusticia. Pudo haber respondido con resentimiento, con arrogancia o con el estruendo del ego, tan celebrado por nuestra época. Eligió otro camino. Regresó siempre. Trabajó siempre. Calló casi siempre.

En un tiempo que confunde liderazgo con estridencia y carisma con exhibición, Messi edificó una autoridad de naturaleza casi clásica: la del ejemplo silencioso. Nunca necesitó construir un personaje para sostener una leyenda. Su prestigio nació de una rara coherencia entre lo que hacía y lo que era.
Werner Jaeger, en su monumental Paideia, sostiene que el héroe griego no era únicamente un protagonista de gestas extraordinarias; era, ante todo, un modelo de formación humana. La función del héroe consistía en educar. Su vida ofrecía una respuesta concreta a la pregunta por la excelencia. El ideal griego no aspiraba simplemente a producir hombres exitosos, sino hombres dignos de ser imitados.

Desde esa perspectiva, la grandeza de Messi trasciende inevitablemente el fútbol.
No admiramos solamente al jugador irrepetible que parece desafiar las leyes de la técnica. Admiramos al hombre que convirtió la humildad en una forma de grandeza. Al atleta que, pudiendo alimentar su propio mito, eligió preservar intacta la sencillez. Al líder que comprendió que la autoridad más perdurable nunca se impone: se conquista.
Aristóteles afirmaba que la virtud no es un acto aislado, sino un hábito. Somos aquello que hacemos de manera constante. La excelencia, decía, no acontece; se cultiva. Quizás por eso el legado de Messi no pueda reducirse a los goles, a los títulos o a los récords. Su verdadera obra fue haber demostrado, durante años, que el genio puede convivir con la modestia, que la gloria no exige vanidad y que la excelencia encuentra su forma más perfecta cuando permanece gobernada por la sophrosyne.

Los héroes homéricos buscaban el kléos: una gloria capaz de sobrevivir a la muerte en la memoria de los hombres. Aspiraban a que las generaciones futuras pronunciaran sus nombres como quien recuerda una medida de lo posible para la condición humana.
Tal vez ese sea, también, el destino de Messi.
Porque llegará un tiempo en que las estadísticas habrán perdido su poder de asombro. Los videos serán documentos de otra época y los récords, inevitablemente, encontrarán nuevos dueños. Pero habrá algo que permanecerá intacto: el recuerdo de un hombre que restituyó, en medio del ruido de nuestro tiempo, una antigua lección de los griegos: que la verdadera grandeza comienza cuando el talento aprende a obedecer a la virtud.

Entonces, cuando otros pregunten cómo era Lionel Messi, no bastará con mostrar una copa, un gol imposible o una lista de títulos. Habrá que contar quién fue. Habrá que decir que existió un hombre cuya excelencia nunca estuvo separada de la humildad; un héroe que no necesitó de la hybris para alcanzar el kléos; un hombre que hizo de la sophrosýne una forma silenciosa de la grandeza.
Porque hay generaciones que conocen a los héroes a través de los libros. Nosotros tuvimos el privilegio de ver caminar a uno.
Yo viví en los tiempos de Messi.
Lic. María Alejandra Quintana
D.N.I.:30.691.158










