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Aprendizajes

No tomes en serio esta opinión. Está escrita entre lágrimas. O sí y celebremos lo que somos y podemos ser.

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Messi subcampeón foto de Jano Colcerniani.

Duele en el alma. ¿Tan argentinos teníamos que ser? Si hasta en la derrota estuvimos más conmovidos que los que habían ganado. Nos corre sangre al punto de sentirla. Vibramos, corremos, erramos, acertamos, ganamos y perdemos con ellos. Por eso duele y está bien. No es tiempo para consuelo.

Fuerza especial

“El fútbol es un lenguaje que se habla sin palabras; una fuerza que une a las personas, que convierte a desconocidos en amigos y que nos recuerda todo lo que tenemos en común», dijo Tom Cruise, un inesperado, arriesgado y finalmente acertado encargado de definir el juego antes del juego final. Quizás, sin caer en nacionalismos exagerados, esa fuerza es especialmente única en Argentina. 

No hay, no hubo en 4 décadas y medias vividas por quien escribe, una fuerza capaz de unir tanto a las personas como ese sentimiento que despierta un partido de la selección argentina. Conservarlo, enriquecerlo, sumarle mística como lo hicieron los 26 futbolistas en el último mundial y el cuerpo técnico encabezado por Lionel Scaloni, es una responsabilidad colectiva. Sin descanso, a sostenerlo y multiplicarlo en las nuevas generaciones. Lo extraordinario debe ser al menos frecuente, otra vez. Podemos. “Nos merecemos bellos milagros y ocurrirán”, escribió alguna vez el Indio Solari. 

Felicitaciones España

¿Qué hubiera pasado si…? ¿Si no se lesionaba tal o cual y entraba ese otro qué podría haber pasado? ¿No debimos mantener el mismo equipo del partido contra Inglaterra? Y decenas de conjeturas más. No, acá está claro: ganó el que mejor jugó la final disputada este 19 de julio de 2026. Impuso condiciones, mantuvo el pulso de cada momento e invisibilizó prácticamente por completo a cada as argentino. España ganó bien. Hasta se tardó demasiado, mérito argentino. Pero ganó lo que tantas veces buscó. Felicitaciones. 

El honor de ser segundos

Reivindicar el segundo lugar no es menospreciar el deseo absolutamente genuino de querer ganar. El Mundial de fútbol es una competencia y la copa, belleza entre bellezas, se la lleva una sola selección. Pero ser campeón vigente y defenderla hasta la última instancia (con todas las instancias previas a New York), en el primer campeonato donde hubo que jugar un octavo partido para definirlo, debe ser prueba cabal de que ser el mejor del resto es motivo de satisfacción. 46 selecciones la vieron por TV y otras tantas que siquiera estuvieron en México, Estados Unidos y Canadá. Tenemos 4 años para honrar a los segundos. Incluso desde el discurso podemos hacerlo: ¿Te animás a decir: ‘primero creo que voy a pedir un café, segundo Argentina y tercero: que sea con medialunas’, por ejemplo?   

Lo efímero del éxito

Lo bueno, las mieles del éxito, los grandes logros se disfrutan hasta empalagarse, de ser posible, porque son efímeros. Y eso aplica para todos. No tenés que ser Messi para saber que un campeonato del mundo, incluso un récord, puede acabarse tan pronto como otro te supera en cantidad de goles, aunque sea en un partido que no tuvo mayor valor. Mirá si vos y yo nos vamos a quejar de cuando algo lindo se termina, si lo loable pasa a ser difícil y si el llanto nos invade ante la impotencia de sentirnos incapaces de torcer el destino de un momento de nuestra vida. 

Alimentados por contradicciones

Odiamos al fútbol. Lo amamos. Nos parece una verdadera mierda el mundial de Trump, las 48 selecciones, las pausas de hidratación y los conteos de 10 a 0 para iniciar el juego como si fuese un espectáculo estadounidense. “Es sólo un partido de fútbol” y “Las Malvinas son Argentinas”. O pasamos de “Messi juega en la MLS, está para un rato” a un Messi que no salió nunca, siempre tuvo resto y compitió de igual a igual con los mejores varios años menor a él. 

Nos parece también maravilloso haberlo jugado, luchado y llegado hasta el final. De contradicciones nos alimentamos los argentinos. Tenemos varias, que no se excluya ninguno de la lista. Tranquilos, no se trata de sacar trapos al sol, sino de sincerarnos: el Mundial 2026 nos gustó. 

¡GRACIAS!

Vaya viaje el que vivimos y siempre con el equipo anteponiéndose a cualquier individualidad. Los de Concordia tuvimos, para la historia, a uno de los nuestros jugando el Mundial. Honor y respeto eterno para Marcos Senesi. Un grupo nos llevó hasta ahí, no un individuo (aunque fuese el mejor que en la historia compitiese en este deporte). Un llamado a dejar de lado los pensamientos mágicos o el sueño de un salvador que haga grande la Nación. Somos grandes, todos.  

Agradecer sinceramente, sin dobles discursos ni con el interés de conseguir algo a cambio, es un ejercicio que cada 4 años (fueron 3 años y medio esta vez) nos sale bastante bien. Genuinamente bien. Intentemos ponerlo en práctica cotidianamente. Dale gracias al otro o a los otros que estuvieron con vos en la familia, el trabajo, la escuela o en ese grupo de amigos (en este 20 de julio, dale un abrazo también). Seguro que hay uno que ataja las más difíciles como si fuese el Dibu; o aquel que pone pinceladas de talento en los metros finales y define las difíciles como Julián y Lautaro; también está el que te defiende en las difíciles y es un guerrero como Licha, Cuti o Taglafico. Dar lo que recibimos, en plan de gratitud, también es virtud nacional.