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Rugby

Pula Pedrozo, el valor del ejemplo

Tras conquistar el oro sudamericano, Paula Pedrozo habló con 3200 sobre el crecimiento del rugby femenino, el homenaje a su familia y el desafío de combinar la maternidad con el alto rendimiento.

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La medalla dorada tiene un significado que va más allá del resultado para “Pula” Pedrozo. Representa la continuidad después de las lesiones, la posibilidad de celebrar frente al público argentino y la satisfacción de seguir construyendo una historia colectiva con Las Yaguaretés. También encuentra a la referente del seleccionado argentino de rugby seven femenino en una etapa de cambios personales, en la que la maternidad convive con las exigencias de la competencia internacional.

En diálogo con 3200, el código del deporte, Pedrozo repasó la conquista en los Juegos Suramericanos de Santa Fe y describió el momento que atraviesa: “Me encuentra en una versión más madura”. Haber podido sostener los entrenamientos sin interrupciones por lesiones le permitió recuperar continuidad y disfrutar de un presente que asume con nuevas motivaciones. “Estoy muy enfocada, muy contenta, con ganas de seguir sumando a la historia de lo que es el rugby femenino argentino”, expresó.

El impulso de jugar en casa

Acostumbradas a competir fuera del país, las jugadoras argentinas encontraron en estos Juegos un escenario especial. El acompañamiento desde las tribunas transformó la experiencia y se sostuvo incluso después de que la actividad del domingo fuera reprogramada para el lunes en los días de competencia. Con parte de sus familias ya de regreso, las integrantes del equipo imaginaron una jornada con menos espectadores. La respuesta del público las sorprendió.

“Pensamos que no iba a haber nadie y la verdad que el estadio estaba repleto”, recordó Pula. Ese respaldo, lejos de convertirse en una carga, les permitió disfrutar y encontrar confianza: “Fuera de sentir presión o aumentar nuestro nerviosismo, nos sentíamos mucho más frescas”.

Entre los recuerdos de la consagración, eligió la previa de la final ante Colombia. Argentina ya había enfrentado a ese seleccionado durante el torneo, pero sabía que el encuentro decisivo dejaba poco margen para equivocarse. En el camino hacia la entrada en calor, los cantos y los saludos abrieron un espacio de disfrute en medio de la concentración. “Nos permitimos conectarnos con el público, eso fue muy, muy lindo”, contó.

El himno completó una escena que conserva con especial emoción. Para Pedrozo, escucharlo y cantarlo con la camiseta argentina permite volver sobre las razones que sostienen tanto esfuerzo: “Siempre es especial, no importa dónde lo cantes, no importa quién te mire; es un momento para vos, recordándote por qué lo hacés”.

La visibilidad y el apoyo necesario

El oro también dejó una oportunidad para acercar el rugby femenino a nuevas personas. Pedrozo destacó el valor de competir en el país y mostrar el trabajo de un seleccionado que desarrolla buena parte de su recorrido lejos del público local. “Es un gran paso haber jugado en el país, que la gente se entere de que la mujer juega a este deporte y lo hace muy bien”, sostuvo.

Su reflexión se extendió a las demás disciplinas. Consideró que los Juegos permitieron conocer a deportistas argentinos que habitualmente cuentan con poca difusión y dar mayor alcance a sus historias. Esa exposición, explicó, puede ayudar a conseguir patrocinadores, pero también hizo visibles las dificultades económicas que atraviesan muchos representantes nacionales.

“Se hizo muy visible también la problemática que encaran todos los deportistas, que es el bajo apoyo económico, que es una dificultad tremenda”, señaló. Al recordar testimonios de atletas que debían compatibilizar su preparación con exigencias laborales, planteó la necesidad de que el entusiasmo tenga un respaldo concreto: “Fanáticos somos todos, pero después, cuando hay que poner las cartas sobre la mesa, pocos lo hacen”.

Desde esa mirada, también reivindicó a quienes intentan abrirse camino desde el interior. Reconoció las dificultades que genera la concentración de actividades en Buenos Aires y expresó su orgullo por el vínculo con Concordia: “Lo hago con mucho orgullo el representar a Concordia. Siempre que puedo comparto cositas, vuelvo a la ciudad, la visito. Es un honor tremendo”.

Paulino, un apellido para llevar a la cancha

Entre los momentos más personales de la entrevista apareció una elección que convirtió su camiseta en un homenaje: disputar el torneo con Paulino, su apellido materno, en la espalda. Para hacerlo debió completar autorizaciones y contó con la colaboración de la mánager del equipo.

El gesto emocionó a su mamá y generó mensajes de familiares que se reconocieron en ese apellido sobre la camiseta argentina. Pula explicó que buscaba agradecer el acompañamiento recibido y hacer presente a una parte de su historia en un escenario internacional.

“No solo fue reconocer su trabajo y su sacrificio para conmigo, sino también llevar a toda mi familia materna a un torneo”, relató. En medio de una conquista colectiva, encontró así una manera de compartir el reconocimiento con quienes la sostuvieron durante su carrera: un gesto que, según sus propias palabras, para su familia fue inmenso.

Crecer exige competir

Después de la medalla, el horizonte del seleccionado sigue marcado por nuevos compromisos y por la búsqueda de un lugar en el máximo nivel del circuito internacional. Pedrozo mencionó una preparación con actividad en el exterior y puso el foco en una necesidad: sumar competencia frente a los equipos que imponen las mayores exigencias.

En su análisis, una de las diferencias está en la capacidad de mantener la intensidad durante todo el partido. Explicó que Argentina puede sostener un ritmo alto en el primer tiempo, pero que las dificultades para prolongarlo permiten que los rivales saquen ventajas en el segundo.

Por eso, el crecimiento requiere tanto entrenamiento como experiencia de juego. “A veces no solo alcanza con entrenar, sino que necesitás justamente vivirlo en el campo de juego para poder seguir mejorando”, afirmó.

Maternidad, carrera y legado

En lo personal, Pula atraviesa el desafío de reorganizar su vida alrededor de la maternidad y el deporte. Reconoció un mayor cansancio y destacó el acompañamiento de su pareja como un apoyo fundamental para continuar. Los viajes, sin embargo, adquirieron otro peso: “Los niños crecen muy rápido”, señaló al explicar cuánto le cuesta perderse algunos momentos durante las ausencias.

Aunque empieza a pensar en una despedida paulatina de la competencia, no planteó una fecha de retiro. Su intención es transitar ese proceso sosteniendo el rendimiento: “Me gustaría hacerlo en un buen nivel”, expresó. Mientras tanto, disfruta de una etapa en la que descubre una nueva versión de sí misma y busca que ese aprendizaje también la fortalezca dentro de la cancha.

Cuando habló del legado que quiere dejar, eligió la conducta cotidiana. Más allá de las medallas y de los resultados que quedarán en la historia de Las Yaguaretés, aspira a ser recordada por su compromiso. “Siempre trato de liderarlas con el ejemplo”, afirmó, convencida de que todavía puede mejorar su condición física, su rendimiento y sus decisiones de juego.

Ese es el mensaje que transmite a las más jóvenes y que resume su manera de entender el rugby: “Hay que tener disciplina y constancia”. La medalla dorada es parte de ese recorrido; el ejemplo que busca dejar se construye también en cada entrenamiento, en la voluntad de seguir aprendiendo y en el trabajo que sostiene una carrera.