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Fútbol

El viaje de Alan Moreno

El futbolista concordiense dejó su casa y su familia para perseguir el sueño de llegar al profesionalismo.

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Hay viajes que empiezan mucho antes de subir a un colectivo. Empiezan en silencio. En una pelota gastada contra una pared. Una madre esperando despierta después de un entrenamiento. Un padre mirando desde atrás del alambrado sin decir demasiado. El viaje de Alan Moreno comenzó así, mucho antes de llegar a la reserva de San Lorenzo de Almagro, mucho antes de Buenos Aires y mucho antes de imaginarse viviendo solo a cientos de kilómetros de su casa.

A los 18 años, Alan ya entiende algo que muchos tardan décadas en descubrir: crecer también duele. Porque perseguir un sueño a veces significa dejar atrás todo lo que uno ama. Y él lo hizo. En 3200, el código del deporte te vamos a contar su historia, la de un chico que pelea día a día para cumplir su objetivo.

El inicio de su camino

Su historia comienza a los 11 años en Unión de Villa Jardín. Allí estuvo dos temporadas, hasta que pasó a Wanderer’s, donde siguió formándose y sumando rodaje en el fútbol local. El punto de quiebre llegó una tarde cualquiera, de esas que no parecen tener nada especial hasta que cambian todo. “En un partido contra Nebel me vio gente de Real Concordia y me preguntaron si quería ir”, recuerda Alan Moreno. No hubo grandes anuncios ni escenas de película. Fue más simple y más real: una observación, una posibilidad y la decisión de dar un paso hacia lo desconocido.

Con el tiempo, el fútbol empezó a dar señales. No siempre claras, pero sí constantes. En su físico, en su presencia dentro de la cancha, en la manera de competir cada pelota como si fuera la última. “Nos dimos cuenta de que podía jugar en clubes grandes por mi estatura, mi fuerza y mi rendimiento”, afirma. Y detrás de esa frase aparece lo que casi nunca se ve: años de crecimiento silencioso en una ciudad donde los sueños suelen aprender a esperar.

Para un chico del interior, llegar a un club grande no es solo una meta deportiva. Es una decisión que reordena todo. Es dejar de ser hijo cerca para empezar a ser futbolista lejos. Y cuando ese momento llegó, apareció también la parte más difícil del camino. “Más que nada sentí tristeza por mis viejos y mis hermanos porque somos una familia muy unida. Pero todo fue por mi futuro. Gracias a ellos estoy donde estoy hoy porque siempre me apoyaron”, contó en el mano a mano con 3200.

En el fútbol se habla mucho de esfuerzo, pero menos de lo que implica irse. Del silencio que queda en una casa cuando alguien se va persiguiendo una ilusión. Del orgullo que convive con la distancia. Del miedo que no siempre se dice en voz alta. Porque mientras Alan preparaba su viaje a Buenos Aires, no solo empezaba su carrera sino también comenzaba el aprendizaje más duro, el de vivir lejos de todo lo que le era familiar.

Aprender la ciudad, aprender la soledad

Buenos Aires puede ser inmensa para cualquiera. Mucho más para un chico del interior que llega solo, sin conocer calles, colectivos ni personas. Alan tuvo que aprender rápido. “Fue una etapa dura porque vine sin conocer nada ni a nadie. Vivía en una pensión afuera del club y tuve que aprender a manejarme solo. Lo hacía con miedo a perderme, pero aprendí”, señaló.

Hay algo profundamente valiente en esa confesión. Porque el futbolista suele aparecer recién cuando empieza el partido, pero antes existe el chico que extraña, que duda, que siente miedo y que muchas veces se obliga a ser fuerte para no aflojar.

En medio de ese proceso, el acompañamiento también se volvió importante. El joven es representado por Impulsa Sport Group, un espacio que acompaña su crecimiento deportivo y humano, entendiendo también lo que significa para un futbolista chico y su familia atravesar una experiencia tan exigente como dejar el hogar para perseguir una oportunidad en el fútbol grande.

Otro ritmo, otra exigencia

El cambio también se percibe dentro de la cancha. El fútbol en Buenos Aires impone otra velocidad, otra intensidad y otra exigencia táctica. La adaptación no es inmediata y se nota desde el primer entrenamiento. Alan lo resume con claridad: “El fútbol de Concordia es más lento, más pasivo. Acá hay otro ritmo, te exigen jugar todo el tiempo, arriesgar y pensar rápido”, destaca el jugador de San Lorenzo.

Ese salto no es solo deportivo, también es mental. La exigencia diaria obliga a sostener un nivel de concentración constante, incluso en etapas donde el futbolista todavía está en formación. El profesionalismo, en ese sentido, no empieza en el debut sino mucho antes, en la disciplina cotidiana, en la repetición y en la capacidad de adaptación.

Su rutina da cuenta de ese proceso. “Me levanto a las 5:30 de la mañana, tomo el colectivo para ir al club, desayuno allá y entrenamos temprano. Después almorzamos y a la tarde hago doble turno en el gimnasio”, describe. El día está completamente organizado alrededor del entrenamiento, con tiempos reducidos de descanso y una planificación que prioriza el desarrollo físico y técnico.

En ese contexto, el ritmo de vida cambia por completo. Mientras muchos jóvenes de su edad distribuyen su tiempo entre estudio, ocio y vida social, en su caso la estructura diaria está enfocada en la preparación deportiva. La constancia, más que la inspiración, se vuelve el eje central de su crecimiento.

Lo único que nunca cambió

En medio de todos los cambios que atravesó desde su llegada a Buenos Aires, hay un punto que se mantiene inalterable: el vínculo con su familia. Más allá de la distancia y de la rutina exigente, el acompañamiento sigue siendo un sostén central en su proceso de formación. Alan Moreno lo sintetiza sin rodeos: “Mi familia es la que me alienta en todo momento. Son los únicos que siempre me siguen y me apoyan. A ellos les debo todo”.

En ese reconocimiento aparece también una dimensión menos visible del recorrido: el esfuerzo compartido. La carrera de un futbolista juvenil no se construye en soledad, sino en una red de acompañamiento que sostiene los momentos de incertidumbre, adaptación y distancia. El crecimiento deportivo, en ese sentido, convive con una carga emocional que atraviesa tanto al jugador como a su entorno.

Aún sin haber debutado en Primera ni haber firmado su primer contrato profesional, Alan atravesó etapas decisivas dentro de su formación: la salida del hogar, la adaptación a un nuevo contexto y la exigencia de sostener rendimiento en un ambiente competitivo. Son procesos que, aunque no siempre ocupan espacio en la narrativa del éxito, resultan determinantes en la construcción de una carrera profesional.

Su proyección, por ahora, se mantiene en objetivos concretos y de corto plazo. “Mi sueño es llegar a Primera, como cualquier futbolista. Ahora quiero firmar mi primer contrato profesional y después seguir entrenando y mejorando para llegar cada vez más lejos”, afirma.

El recorrido continúa sin urgencias, pero con una dirección clara. La historia de Alan se mueve en ese equilibrio entre lo que ya dejó atrás y lo que todavía busca alcanzar. Un camino marcado por la constancia, la adaptación y la decisión diaria de sostener un proyecto que empezó lejos de los estadios grandes y de las luces.

En definitiva, algunos sueños no se anuncian, se construyen en silencio, paso a paso, incluso cuando todo alrededor cambia.