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Música

Edgardo Rubinich, el trovador que le canta al empate

“Mi camiseta es la música”, dice el concordiense que hace canciones de autor con estilo propio.

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Presentación, no necesita. O, mejor dicho, la hace él mismo:

“Siempre abro mis actuaciones diciendo: mi nombre es Edgardo, no soy ni más ni menos que este ser humano simple, mas no insignificante, que no se conforma con transitar las líneas rectas que otros han trazado. Me gusta dibujar las curvas de mis senderos e intentar encontrar las huellas de mis hermanos de otros tiempos. Me gusta izar banderas que inflamen memoria, desenjaular temores, ayudar a desplegar las alas porque a mí, como a muchos de ustedes, me matan las prisiones y las presiones. Será por eso que siempre escapo a todo aquello que tiene forma de tenaza, excepto a los abrazos redondos que, de cuando en cuando, me regala alguna dama que nunca falta”.

Edgardo Rubinich y “mi confidente”, la guitara, fueron parte de “3200, el código del deporte” en radio. De aquel encuentro, va el rescate a su testimonio, el de un artista concordiense que se define como un artista con “una propuesta muy de trovador, muy pura. De un tipo con una guitarra que anda contando y cantando lo que va absorbiendo en el camino”.

Su vínculo con la música

No está claro qué fue lo que germinó en el interior de su “alma vieja”, como se considera, pero afirmó que “cargo con la música de alguna vida pasada, porque mi familia no tiene ningún vínculo artístico, salvo un abuelo”, dijo y reveló: “algunos parientes no han entendido la humorada pero siempre digo que soy el orgullo de mi tío Nenuco que es la vergüenza de mi familia”, sonrió.

“Que en paz descanse mi querido tío, que era el bohemio de la familia. Por ende, el bohemio en aquellas épocas no causaba muy buena impresión. Un adelantado era”, definió ese Ed que a los 5 ó 6 años comenzó a tocar piano hasta ser profesor en el Conservatorio Musical “Clementi”.

Recordó que, “después llegaron los Beatles que me volaron la cabeza. Dejé las partituras del piano, tomé la guitarra y empezó la parte del rock. Empezaron a llegar los primeros grupos musicales y tuve la oportunidad de un salto importantísimo porque teníamos, en aquella etapa, tocaba el que tenía guitarra eléctrica. Era como el dueño de la pelota”, comparó.

Prosiguió: “di un salto rápido cuando Carly Quiroz, que hoy está en Berlín pero muchos conocen a este gran músico de nuestra ciudad, me llevó, me invitó a tocar a su grupo y de ahí di un salto al grupo de Juan Carlos de Lisa”, dijo y continuó: “fue un cambio radical porque paso a tocar en las filas de un grupo que te contrataba hotel, te pagaba por tocar y te hacía pasear por todo Uruguay y Argentina”.

Más tarde llegó su estadía en México, Uruguay y también España. Esos años “me permitieron evolucionar a las etapas que un músico debe evolucionar”, consideró y cerró diciendo: “no tengo antecedentes familiares, pero toda la vida la música formó parte de mis días”.

El valor de ser creíble

Cada año se va haciendo más intenso, admitió a la vez que celebró que su propuesta es “más creíble”. Opinó al respecto: “tiene que ver con la edad de uno, que va madurando y sintiéndose más fuerte en lo que está haciendo. Siento una conexión bastante importante sobre todo en escenarios donde no solía frecuentar”.

Recordó, entonces, que “siempre estoy trabajando con la música en nuestra región, en ciudades vecinas que tienen una actividad turística muy fuerte y eso genera una rotación con públicos de distintas latitudes del país que, aunque pareciera que uno está en el mismo lugar, está sometiéndose todo el tiempo al gusto, la visión de distintas personas”.

“Salgo realmente reconfortado de la respuesta que hay de una propuesta tan atípica que la sigo manteniendo casi en su pureza desde que volví de México”, marcó luego y dijo que eso es lo que vuelca en sus presentaciones “que tienen una impronta muy acústica, que necesitan de una atmósfera muy sutil, especial, lo cual cada vez hay menos espacios para eso”.

A la vecina Federación, la define como un lugar “donde trabajo mucho”, pero también remarcó que tuvo un segundo semestre de 2023 “muy intenso: hemos estado en la Casa de Entre Ríos, en Buenos Aires. Cuando llegué les comentaba la experiencia en el barrio de La Boca, en lugares muy tradicionales, clásicos de allá. ‘Boca a Boca’ se llama, lo cual para un hincha de River es todo un desafío”, afirmó.

Le canta al empate

Consultado por cómo fue eso de “jugar de visitante”, en términos futbolísticos, Rubinich respondió: “sí, en realidad uno hace una humorada con respecto a esto de Boca – River. Mi camiseta es la música, pero somos argentinos y sabemos cómo vivimos estas cuestiones respecto al fútbol”.

“Siempre que hablo en mis actuaciones, casi al final, les cuento a las personas que trato de ver mi presentación musical como un partido de fútbol 5, por eso de la edad”, dijo entre risas y explicó: “la única victoria en mis presentaciones, siguiendo con la alegoría, son los empates”.

“Me gusta decir que no hay ni malos ganadores, ni malos perdedores, ni buenos ganadores, ni buenos perdedores sino empate. Al empatar lo tengo como una situación de estar de igual a igual. Me parece que, si empatamos, ganamos todos. Hago un poco esa reflexión para mí, que amo el fútbol, es muy importante llevarlo ahí”, expuso.

La relación con el público

“A lo mío lo tomo como algo artístico y, entonces, necesita ese clima, esa atmósfera y siento que la gente me devuelve mucho respeto que tiene que ver con la credibilidad, que es algo que, creo, ha perdido el artista. Se ha perdido en muchos ámbitos, en muchos espacios”, opinó y completó: “hay una eterna desconfianza de parte de todo el mundo”.

Marcó que su público, “cuando termina la actuación, se acerca y te da una palabra: ´que lindo lo que sentí’ o ‘no sabía con lo que me iba a encontrar’. Me topo con gente nueva en todos lados y la gente dice: ‘bueno, me voy con algo más pleno que cuando llegué’. Uno siente que les tocó las fibras a alguien, en algo distinto sin caer en lo de siempre y lo fácil”, aseguró.

“La canción propia tiene ese desafío y no todo el tiempo, en lugares que no son conciertos íntimos de Edgardo, estoy haciendo canciones propias, pero todo lo hago con mi impronta”, explicó y siguió: “por eso digo que tengo una presentación de canción de autor con estilo propio. Lo mío es interpretar, no tanto generar fotocopias, genéricos y sobre todo en tiempos de tantos tributos”.

“Creo que el arte está en todos lados y creo que uno se vuelve una especie de comunicador, como lo de ustedes. Tal cual este momento podría ser tranquilamente una actuación donde prácticamente se charla de la manera que estamos charlando y luego surge una canción. Lo he practicado toda mi vida”, aseguró.

Admitió que, “de un tiempo para acá, “ocurrió que me cansé de contar cosas ajenas y empecé a contar cosas propias. Empecé a darme cuenta, con los años, de que la historia más auténtica que tengo para contar es la mía”, marcó y lo argumentó así: “cuando vos contás tus penas, éxitos, aciertos, fracasos, la gente es un espejo que lo recibe muy bien. Todos tenemos partes oscuras y lo que pasa es que hay como un tabú de contar o uno tiene una resistencia a abrirse. Pero, cuando te abrís, te das cuenta que el del enfrente está empatando con vos. El empate se da”.

Sus canciones

El trovador tiene grabado dos álbumes (Escenarios, en 2010; y Tiempo y Ausencia, en 2015) además del sencillo o también llamado EP (El Árbol de la Vida, de 2019). “De mi propia boca” está incluido en su segundo disco y él la cuenta así: “es una canción que escribí justamente para presentarme. Se fue armando así. En todas las actuaciones iba acumulando frases y un día dije: ‘le voy a poner música. Para qué digo tanto’”.

Un párrafo aparte merece “¿Dónde quedó la flor?” que se presentó inicialmente en 2013 y que volvió a grabar dos años después junto a Matías Sorokin, actual guitarrista de Guasones, pero que ha acompañado a su hermano Coti como a Julieta Venegas, Sergio Dalma o Paulina Rubio, entre otros.

Sobre relacionarse y compartir canciones o escenario con otros artistas, Rubinich admitió: “me encantaría que se de más, pero tengo que decir que la impronta que tengo, a veces, cuesta generar alianzas. Tengo un color musical bastante atípico”.

“Esta participación de Matías, en esta canción que compuse y le puse esa impronta muy Sorokin, cambió la canción, pero se prestó por el tipo de canción que es la que no suelo hacer. Si me das a elegir, en un programa de radio, prefiero este tipo de tema porque no tengo tantas canciones radiales”, consideró.

Entonces, fue el meollo, al espíritu de su obra: “Mis canciones están compuestas por letras más elaboradas, incluso no soy un artesano de la composición porque todo sale junto, en un mismo instante. Lo juro por Dios. He hecho el esfuerzo de cambiar palabras y no puedo. No repito palabras y hay canciones que no tienen estribillo y son poemas larguísimos”.

Prosiguió: Soy una arriesgado. Una vez escuché a Diego Arnedo, bajista de Divididos, que dijo que los músicos tenemos dos vertientes: la música que nos representa y la música que heredamos. Yo siempre me sentí representado con otro tipo de música y cuando quiero componer me salen patrones rítmicos como la zamba, cosas muy nuestras, que nunca exploré como se debe musicalmente”.

Y cerró recitando precisamente un pedacito de una zamba que escribió en México, a tiempo de volver. “Salió esto”, dijo y recitó el inicio de “Plegaria”:

“Canto esta zamba que nació tan lejos
Lejos del pago que me vio nacer
En sus adentros laten los recuerdos
Que me devuelven de donde yo este.

Es el latido de mi tierra santa
El palpitar en mi soledad
Que va sanando las caries del alma
Cuando estoy lejos de mi gran ciudad…”