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Taekwondo

Del estudio radial al tatami

Diego Miño combina la comunicación con el Taekwondo para transformar a sus alumnos dentro y fuera del Dojang.

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Su día comienza entre micrófonos, guiones y mates, y termina sobre un tatami, con el Dobok puesto y el cinturón negro ajustado. La radio y el Dojang son sus escenarios: allí transmite conocimiento, enseña disciplina y forma personas. Locutor, periodista, actor de teatro, preparador físico, instructor de Taekwondo ITF, operador socio terapeuta en adicciones, docente y ex soldado voluntario tanquista, Diego Miño lleva una vida que equilibra la comunicación y el deporte, el aprendizaje y la acción, la enseñanza y el ejemplo.

“Teniendo en cuenta que los medios de comunicación informan, entretienen y educan, considero que el Taekwondo cumple un papel similar, y por eso es la combinación perfecta, tanto dentro del Dojang como fuera de él”, indicó Miño al inicio de la entrevista con 3200, el código del deporte.

Luego, describió cómo transcurre un día típico en su vida: “Mi jornada es muy intensa. Me levanto a media mañana, tomo unos mates mientras hago la producción del programa de radio que realizo a la siesta y preparo la clase de locución que doy a media tarde”.

“Ya por la tarde-noche, dejo el micrófono y los auriculares para ponerme el Dobok y el cinturón negro. Cambio el estudio de radio por el tatami del Dojang, pero la comunicación no deja de fluir, ya que desde la mañana hasta altas horas de la noche se transmite conocimiento y se vive una disciplina constante, en la que la voz y los gestos se convierten en herramientas fundamentales”, agregó.

De niño inquieto a artista marcial

Sus primeros pasos en el Taekwondo comenzaron en la infancia por motivos de salud. “Los médicos le dijeron a mi madre que tenía que realizar un deporte porque tenía taquicardia y muchos tics nerviosos. Tal vez la separación de mis padres a temprana edad y el cambio de residencia fueron detonadores, pero mi vida tuvo un vuelco fascinante cuando comencé a darme cuenta de lo que podía hacer con mi cuerpo al empezar a realizar actividades nuevas”, relató.

“Los problemas de respiración, la taquicardia y los tics nerviosos desaparecieron rápidamente y el fascinante mundo del Taekwondo comenzó a ocupar un lugar donde la ausencia de un padre ya no era un problema. Comencé a entrenar en la provincia del Chaco con el hoy Master 8° dan Alcides Solís. El Taekwondo fue una excelente decisión de mi madre, a quien hoy se lo agradezco, porque además me inculcó principios y valores como la cortesía, integridad, perseverancia, autocontrol y espíritu indomable, que son los cinco principios de este arte marcial de defensa personal”.

El Gran Master 9 Dan Miguel Ángel Paccot, vicepresidente de la Asociación de Taekwondo de la República Argentina, es actualmente el maestro de Diego. Junto al presidente de la asociación, Marcelo Vatrano, forma parte del equipo directivo que impulsa el desarrollo del taekwondo a nivel nacional.

Con una trayectoria destacada en la formación de atletas de élite, entrena a competidores del seleccionado nacional, consolidándose como una figura central dentro de la disciplina. Su aval y apoyo en esta iniciativa aportan un reconocimiento fundamental, que permitirá que la difusión de esta actividad se replique en todo el país.

Enseñar más allá de la técnica

Como instructor en Concordia, Diego se enfoca en formar personas completas, no solo atletas. “En cada clase trabajo con niños y adultos para ayudarlos a convertirse en personas de bien, capaces de enfrentar miedos, bullying, dificultades, vergüenzas y traumas que la vida presenta diariamente. Busco motivarlos a crecer como seres humanos íntegros. La diferencia entre el deporte y un arte marcial es que, mientras en el primero se requieren ciertos elementos externos, en el arte marcial el protagonista es el propio individuo: cuerpo, alma y espíritu. La práctica constante y la repetición perfeccionan la técnica, no solo para obtener un buen desempeño en una competencia de Taekwondo, sino, sobre todo, para triunfar en el verdadero torneo de la vida”.

Desde su mirada de comunicador, explica la importancia de la palabra: “Todo medio de comunicación tiene limitaciones y a la vez recursos. La palabra hablada es efímera, pero si formamos nuestra voz como herramienta de trabajo y aprendemos recursos y técnicas de oratoria, vamos a lograr que lo que transmitimos se escuche, se retenga, se asimile y se ponga en práctica. La palabra hablada tiene más efecto que la escrita porque conlleva un contenido emotivo. Si la damos de manera consciente, ‘el decir consciente’, ese es el secreto. Así debemos entregar la palabra, tanto en un medio de comunicación como en un entrenamiento deportivo, en una clase personalizada, con uno o varios practicantes de cualquier disciplina, para que el mensaje cause el mismo efecto que una piedra lanzada al lago, generando una onda expansiva que no tiene límites”.

Esa filosofía se refleja también en experiencias concretas de su vida profesional. “Recuerdo una mañana de tormenta en la que entrevisté a una mujer de 80 años que vivía sola. Tenía una habitación de 3×3, paredes de madera y nylon negro, chapas oxidadas, suelo de tierra y un horno de hierro a leña. El humo y el hollín cubrían sus pertenencias, sus manos y su rostro marcado por arrugas largas. En un rincón, junto a su cama hecha de madera costanera y cajas de manzana, había una radio de las de antes. Al hablar con nosotros se emocionó porque conocía nuestra voz y sabía de quién era cada una, pero no conocía nuestros rostros; solo los imaginaba. Éramos su compañía, éramos su familia, y con nosotros se sentía viva”.

Proyectos y próximos pasos

Diego se prepara con sus alumnos para los exámenes de abril y planea competir en el nacional de Buenos Aires con sus mejores practicantes. En comunicación, busca seguir formando a quienes utilizan su voz como herramienta de trabajo y ayudar a quienes, por algún motivo, no se animan a usarla. Además, está gestando un proyecto de medios con un grupo de alumnos de locución que llevará por nombre “Con otro aire”.

En el cierre de la nota, dejó un mensaje de gratitud y reflexión: “Primero agradezco a Dios por cada día que respiro y le doy gracias por haberme puesto en el camino del Taekwondo. Tae significa patada, kwon significa puño y Do es el camino. Este es el camino que elegí, y se lo recomiendo a los padres para que sus hijos sean formados con disciplina, principios y valores. Les aconsejo a los adultos que no duden en comenzar este camino, porque transformará su vida. Ni antes ni después: este es el momento para empezar a entrenar. El Taekwondo no es solo un deporte, es una escuela de vida que forma personas con carácter positivo, fe y esperanza, capaces de construir un mundo distinto, incluso en estos tiempos vertiginosos donde la paz se vuelve un bien difícil de conseguir”.

Recuerda también las palabras del creador del Taekwondo, el General Choi Hong Hi: “Ayudar a otros a desarrollarse y triunfar en la vida constituye una recompensa por sí misma y tiene valor solo si no se espera nada a cambio”. Y, cerrando con un detalle familiar, Diego comparte: “Todos mis hijos practican. Mi hija mayor, fonoaudióloga, cinturón rojo; las gemelas, cinturón punta verde; y mi hijo, cinturón amarillo. Todos son practicantes. La única que no entrena es mi esposa pero siempre nos apoya».

Después de esta charla, Diego Miño demuestra que el verdadero combate no se libra solo en un tatami: se da en cada gesto, en cada enseñanza y en cada vida que toca. Entre el micrófono y el Dobok, entre la palabra y la acción, su ejemplo muestra que disciplina, valores y dedicación pueden transformar cuerpos, mentes y corazones.